Del Valle al Cabo: Un viaje de 3315k en moto (1ra Parte)

 

Desde que comenzó el 2017 tenía un destino en mente para mi próximo viaje. Con dos de mis mejores amigas planeábamos pasar algunas semanas de agosto alrededor de Europa, sin embargo, un cambio de planes de una de ellas a última hora me llevó a tomar decisiones diferentes. Adelantar el viaje casi dos meses me dejaba sin presupuesto y por supuesto sin tiempo para hacerlo. Así fue como retomé la idea de viajar al norte, a lo más norte de aquí. 

 

Cuando era pequeña viajé con mi familia a varios lugares de Colombia, así que la idea de recorrerme el país entero conociendo cada uno de los rincones mágicos y bellos de este país, ha estado siempre dentro de mi lista de sueños. Amo la naturaleza en general, sin embargo, siendo una chica del agua tengo una gran debilidad por los lagos, el río y el mar. Razón por la cual a la hora de viajar es de las primeras cosas que considero para elegir un destino.

 

Bandera de Colombia

 

La costa norte Colombiana es uno de los atractivos turísticos más apetecidos que hay por la presencia del mar caribe, el cual rodea el norte del país en su totalidad, pintando las playas de un bonito color azul turquesa. Por lo tanto a la hora de viajar por Colombia esta zona era una de las más opcionadas que tenía para visitar.

 

Entre un intento de viaje fallido a la Guajira con mi grupo de amigos casi un par de años atrás y la motivación de muchos otros viajando el último año a este mismo lugar, sentía que era el momento de llegar al punto más norte de toda Suramérica.

 

El viaje inesperado

 

Cuando comencé a planear el viaje por el caribe reemplazando el destino que con mis amigas habíamos escogido, sabía que se llevaría a cabo en el segundo semestre del año, una vez terminara la temporada alta en mi trabajo. De repente para Julio veía las cosas un poco complejas en términos de viajar en compañía y realmente tenía pocas ganas de hacerlo sola, sin embargo, era tan grande el deseo que consideré llevarlo a cabo conmigo misma.

 

Hace varios años atrás vengo confirmando que cada cosa pasa para algo especial, aunque no logremos comprenderlo en el momento y tardemos mucho tiempo en verlo como una oportunidad. Pues fue así como de la nada un viejo amigo me contactó. Él buscaba un compañero de viaje, ya que con otro amigo planeaba viajar hasta la Guajira en motocicleta, pero no quería ir solo en ella. Así que luego de encontrarme por couchsurfing y recordar que soy amante de los riesgos y las locuras, pensó que podría ser una buena compañera para rodar.

 

Recuerdo que lo de la moto lo dijo mucho después, después de emocionarme por saber que alguien más tenía en mente llegar al mismo destino que yo, después de pensar que ya no tendría que hacerlo sola. Cuando me lo planteó me pareció toda una locura, las motos no son mi pasión, es más, con muy pocas personas me he subido a algunas. Recuerdo que le dije que si él se sentía completamente en confianza de viajar por carretera conmigo yo también podría confiar en que todo saldría bien. Pues bien, estaba decidido, mi viaje a la Guajira lo haría en moto, partiendo desde Cali hasta el Cabo de la Vela.

 

Del Valle al Cabo

 

Después de pasar un par de semanas organizando todo lo que necesitábamos para el viaje, el 9 de septiembre salimos de Cali pasadas las 18 horas, rumbo a la Guajira. La primera parada era en Calarcá, donde nos encontraríamos con el amigo de Gabo, a quien no hallamos al llegar (unos días después nos enteramos que se había extraviado en las montañas de Salento). Ya era medianoche, así que buscamos un hotel y a descansar. Aún nos quedaban muchos kilómetros por rodar.

 

Montañas. Salento, Colombia

 

Al día siguiente sin ganas de entorpecer el viaje, decidimos continuar solos el camino, nos enrutamos alrededor de las 9 horas y con varias paradas por el agotamiento y mi dolor de espalda fuimos avanzando poco a poco. Hay evidencia de mis siestas en el suelo a lo largo del viaje. Y es que realmente viajar en moto es extenuante, mucho más para quien no lo ha hecho jamás. 

 

Tomamos la ruta 50, hasta la 45 para llegar de Manizales a la Dorada, recorriendo casi todo el este de Caldas, para finalmente llegar a la ruta del Sol. Buenas carreteras, pero muy solas y oscuras. Recuerdo estaba muy cansada, necesitaba estirar, pero era inviable detenernos en medio del lugar. Así que sin parar logramos llegar alrededor de las 20:30 a Puerto Boyacá.

 

632 kilómetros, un día

 

Buscando algún lugar por Booking y Google maps, encontramos un hotel que nos podía recibir sin reserva previa; para ambos el peor hotel en el que nos hayamos quedado en nuestra vida. Fue todo un desastre, sin embargo decidimos pasarlo y esperar que amaneciera lo más pronto posible. 

 

Al otro día muy a las 6 ya estábamos en la vía. Un rico desayuno en el camino nos dio fuerza para continuar. Nuestra meta, Valledupar. Necesitábamos llegar ese mismo día hasta allí. Aproximadamente 632 kilómetros de camino. Encontramos algunas estrategias para poder conducir por lo menos durante tres horas sin necesidad de detenernos, esto sumado a los 100km por hora nos ayudó a lograrlo.

 

Llegando la noche yo ya no podía más, me estaba quedando literal dormida, nos dábamos cuenta cada que Gabo sentía que mis manos dejaban de abrazarlo y se comenzaban a caer, él me daba un pequeño golpecito y yo despertaba diciendo que no me volvería a dormir. Fue cuando finalmente unos kilómetros antes de llegar, decidimos parar para descansar. Era en serio, estaba dormida sobre un rodadero de un parque abandonado en Codazzi, Cesar. Luego de ahí, a la medianoche en Valledupar.

 

 

Esta vez alquilamos un Airbnb, pusimos la ropa de los tres días a lavar aprovechando la lavandería, pero estábamos tan cansados que olvidamos la ropa en la lavadora y al otro día nos tocó llevarnos todo húmedo en las alforjas. Habíamos pasado casi 20 horas sin dormir y todo el día sobre la moto, creo que no tomamos la mejor decisión al final.

 

Un largo viaje

 

Casi siendo las 8 nos enrutamos hacia nuestro destino final, con la certeza de que en horas de la tarde estaríamos viendo el mar. Antes de las 15 horas ya habíamos llegado a Cuatro vías, la entrada que nos llevaría hasta Uribia, lugar donde se deben hacer las últimas compras, retiros de dinero por cajero y todo lo demás que en el Cabo de la vela no vas a encontrar.

 

Estando en Uribia haciendo compras conocimos al dueño de un hostal del Cabo. Él se ofreció a llevar nuestro equipaje para reducir el peso de la moto. El camino de ahí en adelante era bastante agreste y aún nos faltaban 70 kilómetros por rodar. Fue esta la primera vez que vimos a las chicas, sin saber sus nombres, ni mucho menos que se convertirían en mis muy buenas amigas.

 

 

Luego de un par de horas de camino, llegando al cabo le volamos uno de los frenos a la moto. Bueno, en realidad Gabo lo voló, yo solo lo fotografié roto. Era demasiado desierto, arena por aquí, arena por allá y una que otra ramita lo suficientemente fuerte como para partir el freno y más. 

 

Siendo las 17 horas del 12 de septiembre de 2017 ¡por fin llegamos! 

Después de cruzar 13 departamentos en 71 horas, sumando más de 1300 kilómetros logramos ir del Valle al Cabo.

 

Encarnando la vida en unas letras.

Comments

Comment